sábado, 19 de septiembre de 2009



AVES DE MAL AGÜERO


Pasaron las primeras aves oscuras de la bandada invasora. Todas alineadas, como para formar un signo de maleficio que se transformaba ante los ojos de Juan.
Según algunas personas de la colonia que tenían cierto grado de superstición (seguramente por ser una colonia popular de Morelia) estas cosas simbolizan una desgracia, cosa que a Juan le crispaba todo el cuerpo y le hacía perder el color de su piel.
Empezaron a revolotearle enfrente del parabrisas, precisamente ahora que debía emprender un viaje a la ciudad de México por una oferta de trabajo.
-Tranquilízate Juan Contreras, así no vas a llegar a ninguna parte, deja de preocuparte por la pulcritud de tu ropa.
El espejo retrovisor le escupía la verdad. Estaba solo frente a ese rostro desencajado, solamente por eso podía darse cuenta de que aquella mirada enloquecida tenía que ser de él ¿De quién más si no?
-Vamos, no seas pendejo, mejor huye, le repetía la voz del espejo, olvidate del viaje, hace dos años que debió ser, cuando recién terminaste de hacerle al fisico matemático... ya para qué.
Sus ojos color miel, hundidos más de la cuenta entre los huesos prominentes de su rostro, cubierto parcialmente de barba, el pelo castaño desparpajado y su extrema delgadez, evocaban un ser fantasmal que aparentaba tener más de treinta años, a pesar de tener apenas veinticinco.
El auto era manipulado violentamente por Juan, sus vísceras de alambre y fierro obedecían a cada movimiento que él hacía, para huir de la visión que le había perseguido durante veinte años; por fin había tenido el valor, lo malo es que, durante veinte años no había podido salir huyendo en su Renault gris, ni aún hace cinco años que lo recibió de cumpleaños, y todo por el miedo, pero también su timidez había tenido parte en todo esto.
Siempre buscaba la compañía de alguien cercano, comunmente eran Magda, su hermana y su madre las heroínas del sueño: con sólo invocarlas se sentía a salvo. Otras veces era tan grande la angustia, que su imagen frágil y de baja estatura no le alcanzaban para escapar, y al no poder soportar más, un disparo cerebral pronunciaba la frase de salvación ¡Ojalá fuera una pesadilla! entonces caía en la conciencia.
-¡Acelérale Juan ! se decía a sí mismo en el espejo. Su voz sorda hacía un eco inexistente, como cuando alguien se reprocha algo y trama una venfanza en contra de lo inalcanzable. Aparentemente, lo único que se reprochaba era no haber conseguido un empleo seguro.
Su respiración se acortaba en el momento de llegar a la una curva de noventa grados, y por un momento se había olvidado de qué estaba huyendo. Perdió el control del volante cuando vio venir una camioneta repleta de cadáveres de vaca. Solamente se oyó el rechinar de llantas al darse que había invadido el carril izquierdo, pero el volante no respondió.
Ya los animales repaces estaban encima, cuando el auto crujió como un escarabajo, aplastado por una carga de grasa y huesos mortíferos. Fue lo último que fio Juan, antes de que su cráneo se fragmentara.
-Hubiera sido mejor despertar...fue lo último que dijo.


Beatriz Osornio Morales, imagen de la red

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