martes, 28 de septiembre de 2010

EL COMETA



Algunas tardes de otoño, vuelo mi pequeño cometa frente al ventanal del Viejo. Su casa comparte el patío con nuestro jardín trasero, donde mi madre y yo criamos conejos y pollos.

Cuando hay buen viento, el volador sube casi solo. Pero cuando el viento es escaso, el asunto es otra historia: El volantín al principio sube con dificultad, sin embargo, una carrera intensa alrededor del patío y no tarda en alcanzar equilibrio con el aire.

Al viejo, que reniega cada vez que el dragón choca contra el cristal de su ventana, le gusta vernos jugar a mí y al cometa. Lo he visto observarnos y sonreír –mientras piensa que nadie se da cuenta- bien quieto tras el marco de la ventana, con sus manos apoyadas en el desayunador y sus ojillos acuosos en dirección al jardín.

Una vez dominado el hilo del viento, no hay necesidad de correr. Entonces me paro en el centro del llano, sosteniendo la hebra que nos une a mí y al cometa, giro sobre mis pasos y, observo la silueta del viejo, obscurecida por un interior incierto a sus espaldas.

Cuando el viejo se percata de ser observado reacciona con enojo, como si le hubiera caído un cometa de verdad. A mi vez, distraído por la turbación, tropiezo contra una gallina y sus pollitos. El papalote pierde contacto con la línea del vuelo, y allá viene el acróbata a caer sobre un vidrio helado.

Ahora el viejo Roque tiene motivos para regañar, pero yo nunca podré abandonar mi cometa de alas policromas, es de una fragilidad sin igual que difícilmente lo rescataré de las ramas del rosal seco, debo alcanzarlo a como de lugar. Ya sé que su cuerpo son sólo dos palillos chinos en forma de cruz, sus alas de plástico, y en total no es nada caro, pero no hay volador más fascinante; el viejo estaría de acuerdo…de no ser tan gruñón.


Beatriz Osornio Morales, imagen de la red.

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