martes, 6 de septiembre de 2011

EL VIEJO


El Viejo



Ser viudo no ha sido fácil, como no ha sido fácil admitir lo largo y corto del tiempo, largo por los estragos que deja en el cuerpo, y corto por la vida que no alcanzamos a completar de forma plena. El reloj se ha cansado ya de contar las horas, demasiadas horas para un viejo, para un solo reloj, tendré que renovarlo…


Mirando el tiempo hacia atrás, a través de noches y días que a veces se confunden en esa gran masa que es el tiempo, sólo puedo identificar ciertos momentos de entre los recuerdos. De entre la nebulosa de ruidos y voces de incontables horas, entre tantos y tan contados recuerdos, sólo hay uno que no pierde la forma ni una vez, su contorno sigue intacto -hasta parece que cada vez se agudiza- es el recuerdo de Loreto, su rostro. Recuerdo cuando nos conocimos y la felicidad tan grande que compartimos por más de cuarenta años. Luego la enfermedad que la llevó a su muerte. Que Dios o el destino así lo hayan querido, no cambia el amor, el dolor y la soledad final. Después de toda una vida, y una separación dolorosa, se llega a pensar que sólo queda esperar el final propio.


Desde la muerte de Loreto, la casa en la que vivo y la casa que construimos anexa, con el fin de utilizar el terreno y en la vejez, vivir de nuestras rentas, o crear alternativas para la herencia de los hijos que no pudimos tener, quedó sin alquilar. Hasta que los del Servicio Social pusieron como condición que se habitara o alquilara si quería yo seguir viviendo aquí solo, de lo contrario, arreglarían mi traslado a un asilo.


A pocas semanas del anuncio “Se renta” llegó Abel con su mujer y su hijo. Abel y Esther, su mujer, parecían ser de otras tierras y sólo asentí a rentarles la casa, por su insistencia. Lo cierto es que no fue fácil. Con la edad, algunas cosas van aparentando mayor dificultad; en primera, estaba el chico, uno de viejo no sabe qué hacer con ellos. Luego, ser forasteros tampoco inspira mucha confianza. Son gente distinta de afuera hacia adentro; lo de afuera se sabe al instante, lo otro nunca se acaba de saber.


Ya tienen sus dos años viviendo aquí, pero nuestro trato no va más allá de la amabilidad formal de los negocios, y la caridad de Esther, que se empeña en traer comida todos los días. A pesar de todo, se han convertido en lo más cercano que encuentro en esta vida.


Tiene días –no sé bien cuántos- que el muchachito vuela una cosa –de esas como papalotes- en el patío posterior. Verlo jugar se ha convertido en un aliciente que rompe la continuidad del tiempo. Interrumpo la siesta de las cinco para verlo. Me trae nostalgias sin recuerdo. En mis tiempos de chico, la diversión común eran las matracas de palo. Se formaban grupos de niños, fingían de adversarios entre sí, para el desfile de matracas por las calles del pueblo, los grandes escogían el grupo ganador. Tenía su chiste juntar los traca-tracas de la comunidad una vez por año.


Pero el volantín es una cosa bonita allá arriba. Me alberga una sensación de simpatía cuando veo al niño correr alrededor de la explanada, hasta que una corriente de viento los alcanza y los tres se unen en la misma carrera aérea. Las alas del cometa se elevan en un estallido de colores contra el cielo. No puedo apartar la vista del vuelo, entonces me olvido de la soledad. Una parte de mí vuela. Pero con la caída del cometa también caen los sueños. Eso tienen los vientos de otoño, que hacen volar  sueños, pero sus cambios pueden ser abruptos.


El chico no me tiene confianza y con razón, yo no sé como atraer a los niños, nunca tuve uno, ni propio ni de alguna cercanía relativa siquiera.


He olvidado lo que estaba diciendo. Con la edad cuesta mantener el hilo de cualquier cosa. Por eso siento enfado cuando el lindo artefacto del muchachito que vive en el patío posterior de mi casa, se viene desvanecido en un hilo flácido, y al chico entorpecer el vuelo del entusiasmo, como si algo extraño le hubiera cortado el camino.


No hay camino, tarde lo entendemos todos, ya lo entenderá también el chico.


(de la serie Los Cuentos del Cometa)
Beatriz Osornio Morales, imagen de la red.













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