miércoles, 16 de noviembre de 2011

Lecturas sin cabecera


En un tiempo en que había estado considerando escribir cuentos felices, historias de amor verdadero, donde la relación de dos seres prevalece a tormentosas situaciones, me vi en la necesidad de reintentar algo  que había sido muy útil en el pasado: disfrutar de una lectura sencilla y ágil. A consecuencia de ello, me encontré con Pat Conroy como una buena opción, si consideramos la agilidad de su narrativa, pintoresca en ocasiones, pero rica en cultura general americana.

La parte de Roma en el libro de “Música de Playa” rompe la monotonía que a ratos se va amontonando en el extenso paisaje de Carolina de Sur. En parte por la extensión del libro que los hechos de la historia contada toman lugar en esos escenarios. Y en parte por la cantidad de situaciones domésticas en que se desarrollan los personajes principales, quienes han nacido y vivido allí o llegado  desde muy temprana edad.

El personaje principal es Jack, quien después del suicidio repentino de su esposa, y habiendo tomado la decisión de desarraigarse de su pasado y su familia (a quien culpa indirectamente por lo sucedido)  decide mudarse a Roma con su pequeña hija Lia, a quien mantiene fuera de toda influencia familiar. Por meses sobrevive, (sin ningún interés en iniciar nuevas relaciones, particularmente amorosas)  es víctima de   tormentosos recuerdos,  su hija como el único motivo que lo ancla a esta vida,  es a la vez el eslabón que poco a poco lo va conectando con interminables recolecciones de su pasado y su familia, por ambos lados, con quienes compartió toda su vida desde la infancia, y quienes pese a las obstrucciones de Jack,  no desisten en buscar un acercamiento con la pequeña Lia.

De esta parte (Roma) particularmente me llenó de alegría la narración del carnaval de máscaras en Viena. El estado de ánimo sombrío de Jack, después de lo ocurrido no es el más festivo, pero asiste al carnaval de las mascaras donde deambula por las calles, más como un fantasma observador que como alguien que forma parte de la fiesta. Nadie lo nota, ni él nota a nadie. Hasta que una hermosas mujer enmascarada lo toma por sorpresa en la oscuridad de una calle, y sin hablar lo conduce por pasadizos hasta un escondite secreto, allí, lo seduce sin quitarse la máscara, sin encender la luz. Después del acto furtivo y apasionado, ella se aleja sin explicaciones, sin dejar siquiera un rastro de voz. Inexplicablemente, el hombre se siente entusiasmado de haber podido trascender el dolor físico y emocional que deja la muerte del ser más querido. La escena no deja molestia de pensar que Jack no tendrá forma de averiguar nada a cerca de la mujer misteriosa, lo relevante es que el encuentro insólito lo hizo volver a sentir vivo, después de tantos meses anestesiados por la pena y el dolor.
Y escenas como esa hacen que el extenso libro pase realmente bien y se disfrute. Al final no logre escribir cuentos felices (hasta la fecha) pero el placer de la lectura nadie me lo quita. Leer por placer es tan necesario, como leer con disciplina ¿No creen?

Beatriz Osornio Morales






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