martes, 17 de enero de 2012

Crónica de las palabras



El tren avanzaba despacio e iba aumentando de velocidad conforme se alejaba por el andén. Simultáneamente, como sucede con el ruido, su materia gaseosa se disipó contra una enorme barrera inaudible.

 A los pasajeros en la plataforma, les alcanza el jalón de viento que se produce al iniciar la marcha, sus cabelleras y  bufandas forman ligeras olas en el océano del espacio,  ellos se sienten obligados a medio cerrar los ojos acuosos  por la fuerza de la rotura en el aire. Cuando el efecto pasa, el tren  se ha disuelto  ya en la distancia.


Esther viene a la estación con regularidad solo  para ver gente reunirse, y termina siempre conmovida por los adioses. Desconocidos que en un tropiezo accidental cruzan palabra, imaginan mientras se alejan que se invitan un café, discurren las cosas de la vida, hablan  del trabajo, la familia y dicen abruptos adioses. Otros llegan retrasados sin tiempo más que para un adiós descuidado y sin emociones exageradas. Los muchos que esperan y finalmente la espera termina al instante de ver bajar del tren a los seres amados. El encuentro  es lo más lindo, la cereza en el helado, pero Esther piensa que de los que se despiden,  algo queda flotando en el aire,  está convencida de que sus voces  se convierten en volúmenes,  pelusas  dentro de algún bolsillo de  gabardina,  o en el bolso de la mujer que al dejar la estación  ya no reconoce las voces que le hablan, ni las caras que ve sonreír y murmurar a lo lejos.  Por eso  sabe que en la estación de tren, más que en ninguna otra parte,  quedan  palabras levitando entre fragancias de mujer y agua de colonia, sentimientos que al correr de los minutos se van mezclando con el olor aceitoso del disel derramado en las vías, el humo y los sudores de la gente, pero siempre tienen algo que contar, y esas historias son su debilidad.


Muchos que dijeron adiós, regresan solo con  nostalgia de despedida, al salir se encuentran con perfumes frescos, lociones recién puestas, caras sonrientes, expectantes atmósferas. Las voces pasadas no se parecen a las nuevas, ni las viejas caras con las nuevas caras. Todo forma una renovada masa de hilos caligráficos bajo la media luna de las taquillas. Por las puertas, se cuela un viento frío  a las salas de espera.


Algo le dice a Sarah que descorteza un durazno en la cocina,  antes de salir para la estación del tren a esperar a Laura, su nieta, que esto ya ha sucedido antes.  Reflexiona y piensa  que en efecto,  esto ya lo ha vivido. ¡Hará frío en la estación! Al salir de casa, toma la gabardina impermeable del gancho junto a la puerta,  se calza el gorro y bufanda verdes.


Al llegar a la estación su mirada se topa con la de una mujer de apariencia  peculiar, bajita de estatura, pelo corto pero estilizado, aparenta una edad media a pesar del cabello caoba bien definido. Sus ojos azules miran a Sarah con un aire de curiosidad insistente, lo que termina por inquietarla, contrariada se apresura a las taquillas para preguntar por el arribo del tren  de Lincoln. Sarah siente inquietud por voltear pero la extraña mujer ha desaparecido.  A su vez, Esther abandona la estación con una sensación de extrañeza.



  Beatriz Osornio Morales.

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