lunes, 24 de marzo de 2014

VICTOR


Víctor sintió que la mano le punzaba de tanto mantenerse firme y  pesada en la tabla que ya estaba casi lista, excepto por detalles como el lijado y el alineado de las esquinas, y acaso rebajar un poco en áreas donde se abultan los nudos de coyuntura, donde habrían brotado ramas, o se habrían ido engrosando las venas del árbol a causa de algún defecto de crecimiento. El carpintero sabe que es preciso que la tira de madera esté bien quieta para pulirle esos ombligos y que se conserven las vetas.

Pero hoy ha sido un día largo y por la cantidad de aserrín en el piso del taller, podría decirse que ha sido también un día productivo.

Víctor pensaba al iniciar el día de labor, que sería casi imposible terminar la cantidad de pedidos que tenía. Como estaba la situación económica, no podría pagar a los obreros para que trabajaran horas extras. Así que ellos salieron de trabajar a la hora de costumbre. Pero Víctor no tuvo más remedio que quedarse a avanzar un poco más en el acometido.

Debían ser alrededor de las once, o pasadas, y el teléfono seguía sonando insistentemente desde las ocho que se suponía llegaría a la casa. “Incesantemente, como sucede cuando te has propuesto no aceptar distracciones” piensa Víctor con enfado, apagando momentáneamente la pulidora pero sin levantarse los gogles de protección, reafirma  a su mujer que no tardará “ya casi termino”  es todo lo que dice y retoma de inmediato el encendido de la máquina, ahora la sierra para dividir el último trozo de madera que Víctor sostiene con sus manos enguantadas. El ruido de ésta máquina siempre le pareció infernal, pero hoy, a esta hora, hasta el horrendo chirriar pasa desapercibido. Tiene hambre, apenas si le quedan fuerzas para levantar las gruesas hojas en bruto que ha tenido que partir, medir, pulir, o al revés, pero está satisfecho de estar a punto de terminar la mayor parte de los pedidos para el siguiente día.


De pronto, la máquina se desvía del corte, debe  haberse topado con un nudo; salta a la mano de Víctor, ésta pierde control, siente algo caliente y repentino, no está seguro dónde siente. Luego ve el guante partido, el dedo gordo ha caído bruscamente hacia la sierra. Víctor entra en pánico, toma el dedo, abandona el taller sin apagar la máquina. 

Al alejarse oye todavía el chirriar de la máquina encendida, duda un instante y después se marcha, convencido de que no importa a dónde vaya, ese ruido es algo que escuchará por siempre.



Beatriz Osornio Morales

18 comentarios:

Zavala dijo...

No es nada eso Beatriz, gajes del oficio. Hoy día menos todavía, se lo implantan y en unas semanas como nuevo, el único recuerdo será la cicatriz que le quede.

Rafael dijo...

Interesante relato, aunque al final se estremezca la piel con ese corte imprevisto.
Un abrazo.

Fina Tizón dijo...

Puedo sacar una conclusión. Las prisas no son buena compañía. Víctor estaba muy agobiado por terminar un trabajo; menor concentración y... ¡¡zas!!, el accidente...

Un beso, Beatriz y feliz inicio de semana

Fina

Leticia dijo...

La automutilación por la razón que sea... no tengo adjetivos
para calificar, sobre todo el trabajo de orfebre de la consciencia, esa que será el bastión para reconstruir lo perdido. Un retrato estructurado y estrujante el que suceda en la cotidianidad de muchos.

Recordé un caso espeluznante, el del joven alpinista Aron Ralston.

Un deleite leer tu trabajo siempre querida Bea.

Leticia dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Juan L. Trujillo dijo...

Brillante relato que nos brinda la metáfora de los difíciles tiempos que vivimos.
El ruido de esa maquina hace mas audible el bla, bla insensato de quien nos gobierna.
Un abrazo.

Vagamundo dijo...

Cómo viva en USA y no tenga un buen seguro, lo tiene fastidiao, pobre Victor...

Ester dijo...

Un gran relato, puede pasar, no todas las historias terminan bien. Un abrazo

Ester dijo...

Un gran relato, puede pasar, no todas las historias terminan bien. Un abrazo

Amando García Nuño dijo...

Lo peor de los ruidos es escucharlos cuando no hay máquinas que los produzcan. Lo mismito que los silencios.
Abrazos, siempre

jfbmurcia dijo...

En gran relato de lo cotidiano.

RECOMENZAR dijo...

real brutal lleno de vida tu cuento corto me ha encantado

Marina Morell dijo...

¡Qué mal rollo! Desde que ha aparecido la máquina he sabido que pasaría algo malo!

Tengo que decir que no haber estado tan bien escrito no se me hubiera saltado el corazón. Te felicito por ello.

Un abrazo.

Natalia H. Fontijn dijo...

Hola Beatriz... ay! eso me dolio.
Y el ruido de la sierra que no se apaga nunca, una imagen muy son mucho mas de fuerte. Estos relatos son mucho mas que la anecdota, hay que analizarlos en profundidad, en la mente, mientra suena la sierra.
Un aarazote

Carlos dijo...

Estremecedor. Hace falta ser muy buena para narrar tan bien. Una triste historia:ero el final aún está por venir y será un final feliz

Belén Rodríguez dijo...

Pobrecillo!. Qué dolor!.
Si es que las prisas no son buenas consejeras... Más vale parar a tiempo.
Feliz día.
Besos.

Carlos Augusto Pereyra Martínez dijo...

He visto pasar lo que relatas en este texto magnífico, con buen manejo del suspenso...la sierra fatídica que cercena uno o varios dedos...el dolor...el goteo de la sangre, el pedazo de carne que rueda...UN abrazo. Carlos

taty dijo...

A mí las herramientas eléctricas o automáticas me dan pavor, y tu relato me despertó la fobia :o

Sufrí hasta el final!

Nada, no hay que apurarse ni dejarse vencer por el cansancio cuando se hacen estas cosas.

Un beso, buen relato y cortito.

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