martes, 25 de febrero de 2014

MEMORIA PRESTADA



Aquella noche inolvidable había una niña asomándose a la memoria de mis padres. No supe de donde vino, cuando la vi ya estaba allí sosteniendo un banquito que después colocó junto a la cama. Recuerdo que hacía viento afuera y por la época del año, podía uno imaginarse el frío descomunal que rodeaba la casa.

 No trato de justificar un acontecimiento de ésta naturaleza, por lo que me limito a dar cuenta de lo ocurrido adentro, lo que la niña observó en pocos minutos.

Ellos duermen, duermen juntos y están tan lejos el uno del otro…

Mi padre es un niño flacucho y pálido que vive en su propio mundo, no importan las tareas arduas en la tierra, dice que llegará a ser médico, pero de qué manera si llega de la escuela a pulir los yugos, a ser el hermano mayor, y a defender a su madre de los maltratos o la embriaguez de su padre.
Ella, mi madre no sueña, escucha, es lo que es, morenita como es, ha sido y lo seguirá siendo. A ella le gusta ver las cosas como son, sin engañarse.

Por otra parte, se puede ir lejos en el sueño. A veces,  dormidos vuelven a su infancia y extrañamente algo los une sin conocerse aun. Salen a jugar en la tarde, corren por los prados aledaños, sin otro futuro que este y la inclinación de la tierra, sin otra distancia que unos cuantos montículos de siembras.

Tras un gesto de condescendencia, la niña pone su manita en la frente del cuerpo dormido de mi madre, como para enjugarle el sudor. La agitación que mostraba mi madre hace unos momentos ha desaparecido.

A unos cuantos pasos de la carretera que lleva a la cabecera municipal, un hombre joven cabalga en mula muy de mañana.

En el pueblo dicen que los domingos viene un peluquero muy apuesto, pone su puesto cerca de la tienda de Don Hermes. Las muchachas de la finada Augusta pasan por allí solo para mirarlo en su labor. Excepto Lourdes, la menor que prefería quedarse a la salida de la iglesia a platicar con su pariente lejana de Santa Rosa. Pero como es sabido que la curiosidad termina por vencer siempre, el próximo domingo viene Lourdes a ser testigo por sus propios ojos.

El muchacho, sintiéndose observado por tres lindas muchachas que comen un helado en la esquina, pule sus movimientos sobre un hombre casi calvo. Hunde los dedos con maestría en el escaso pelo gris y hace sonar las tijeras con un golpecito fino. Mientras imagina que la más linda, la de la sonrisa casi imperceptible, la de las mejillas menudas y la mirada intensa,  viene y le planta un beso. A su vez, Lourdes se encuentra fascinada por las miradas rabo de ojo que el joven apuesto le brinda, y el reflejo de las hojas metálicas de las tijeras que al ser movidas en la luz, hacen pensar en misterios ocultos, “pero no, es solo la luz” se convence Lourdes.

La chiquilla, sintiendo venir un bostezo de sueño, recoge el banco, piensa unos segundos y no recordando el sitio donde debía acomodarlo,  deja el banco en el mismo lugar.  Echando a correr hacia la habitación de al lado, se frota los ojitos, se recuesta y casi en seguida,  se deja vencer por el sueño junto a los cuerpos quietos de mis padres, segura de que mañana será otro día y con la memoria prestada,  estará más cerca de ser grande.   




Beatriz Osornio Morales, imagen tomada de la red.

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