lunes, 23 de febrero de 2015

EL COLOR DE LA TARDE



A las diez y seis horas, hora en la que hombres importantes de negocios con importancia retoman asuntos diligentes, las amas de casa cuelgan la lavandería para sentirse más cerca del cielo, los obreros regresan del trabajo con una esperanza más que pelear en el bolsillo, en esta hora inclinada del día en que las frondas espesas por el verano, difícilmente permiten averiguar cualquier forma definida,  Mauro toma los binoculares, sale a la baranda y se pone a ver por la calle el bosque:

 Las ramas cubiertas de hojas se entrecruzan en una masa de sombra verde, densa a pesar de la claridad de la tarde; el verdor de los árboles y el brillo movedizo del viento en las hojas, no permiten ver los troncos, pero la riqueza junglár de clorofila fabricada por un fuego escondido, no es lo que atrae el interés de Mauro.
El hombre observa minuciosamente,  ya hacia el oriente, ya hacia el polo norte del oriente, girando pausadamente 90 grados al norte y al sur, y regresando al punto donde cree sorprender un movimiento repentino con el rabillo del ojo. Pero todo sigue igual, sumido en la quietud del ritmo etéreo; piensa que lo imaginó, o quizá el rumor saltó audazmente hacia la obliteración antes  que el hombre lo detectara entre los edificios.

Mauro cierra los ojos para descansar del análisis. Empiezan otra vez los ruidos de cristal roto, música y voces aleatorias. Cuando abre los ojos, se da cuenta que sigue pegado al lente de los binoculares, es en ese instante que ve un ave de paraíso revolotear entre las ramas, sin pensar corre a alcanzar su cerbatana y sin demora, lanza el mejor de sus disparos, el pájaro resiste la caída aleteando, pero el viento ésta vez también le falla. El hombre, maravillado por el golpe de suerte, se asegura de que el ave haya caído completamente, luego sale de su habitación de décimo piso. Al salir se impacienta porque la puerta del ascensor  tarda en abrir, golpea el botón repetidas veces hasta que decide mejor bajar por las escaleras. Debe darse prisa antes de las fieras del bosque tropical se apoderen de la presa.

Al salir a la calle hay conmoción. Un grupo de personas se aglomera alrededor de un cuerpo inerte en el pavimento. Mauro no entiende lo que pasa; siente una gota de sudor rodarle por la cara.
El tráfico detenido forma una larga fila y las bocinas de los carros no se hacen esperar. El hombre no soporta el ruido, se confunde, se frota las manos y aunque era su intensión, los curiosos ya son muchos y no permiten acercase más.

Mauro se aleja escurridizo hacia la cafetería de la esquina, ordena un americano fuerte en el mostrador,  se sienta en la mesa inmediata. El corazón late tan a prisa que parece que se le sale del pecho.

La camarera trae la vianda en una mano, en la otra mano la cafetera llena. Pregunta a Mauro mientras sirve el café,  si ha visto el atropello de la adolescente que cruzaba la calle…”Estuvo de terror” “Era casi una niña la pobre” “y el malsano borracho se dio el arrancón sin que se le viera el polvo” “prrrrf”

Al escuchar hablar a la camarera, el hombre siente un estremecimiento en todo el cuerpo,   le sudan las manos sin embargo, no emite una sola palabra, ni una sola mueca. La camarera sintiéndose ignorada regresa a sus labores de maquinista de cafeteras. Entre ruidos de filtros en limpieza, la campana de la entrada que suena cada vez que alguien entra o sale, y el eco del tráfico que comienza a moverse, Mauro se pone a ver por el cristal de la ventana, pensando  más allá de su imagen agrandada por el vidrio y  maldiciendo  el color de la tarde.


Beatriz Osornio Morales.

Algo de surrealismo para los que gustan de este estilo.


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