domingo, 24 de mayo de 2015

Arrebatos de Belleza.



¿Qué tipo de vidrio es ese por donde se observa un verde mar?
Una esfera de nácar alrededor de tu cuello,
flota cual satélite en el espacio áureo de tu piel,
mientras en su redondez florecen mis ojos.


     Lo mejor del día fue descubrir que alguien supo hablar de la luz a través del agua, de cómo el agua cambia de color bajo  el  rubor de la luz vespertina, o el suelo del mar bajo su movimiento. Por lo menos un alma, la de Virginia,  supo descubrir la forma de expresar su esencia y perseguirla hasta su muerte. Sería fácil deducir que su elemento favorito fue el líquido vital.

     Ella era experta en expresar esos arrebatos de belleza (solía llamar arrebatos a los descubrimientos repentinos, en los  que se deleitaba,  sufría o padecía hasta la locura con la misma maestría,  con la que estaba alegre y osaba sentido del humor corrosivo). Sus palabras aun pintan mares musicales  y las palabras sonríen ante su música.

     Y hablando de sonrisas parlantes, ayer yo misma encontré uno de esos arrebatos de belleza, cuando me quede varada  de este lado de la pared de cristal,  observando dos arbolitos vestidos de color de rosa que estaban del otro lado,  coqueteando entre sí,  ignoraban  que desde adentro, eran observados por una mirada curiosa. Por un lado, la pared de la oficina los protegía de muchas miradas, y por el otro  la pared del salón de clases. Las dos paredes y el muro de cristal, sospecho que no son indiferentes a los arbolitos que en ese cuenco se encuentran a salvo del viento, manteniendo así,  sus ramas en flor, intactas. Yo me absorto, sumida en la transparencia, imantada a la imagen de los dos árboles rosaseos contra el cielo perfectamente azul, en contraste, la franja del verde pasto, donde salta a la vista el todo de la primavera que no se sabe observada. Quizá sean momentos como este,  lo que los hombres en nuestra pequeñez llamamos “el todo”

       “En el jardín de St.Eves estaba viendo la cama de flores por la puerta de enfrente: “Eso es el todo” dije al estar mirando una planta con hojas esparcidas. De pronto pareció claro que la flor misma era parte de la tierra, que un anillo contenía lo que era la flor,  y era la verdadera flor, parte tierra y parte flor.”

     Virginia Woolf tuvo la suerte de encontrar el todo en una flor observada contra el suelo, uno imagina tan bien aflojada la tierra que parece estar aireada; la perfecta cama de flores, y la flor desplega  su osadía en el color de sus pétalos. Al leer esa narración en el libro “Momentos del Ser” imagine a la flor osada como una novia que desviste su belleza en la cama.

     El estilo de escritura de Ginia no era pastoril, ni floríl, ni siquiera bucólico,  su literatura era adhesiva, multidimensional. La psicología cósmica  era parte del paisaje, y el paisaje se convertía fácilmente en psicología. Racionalizaba cada sensación por mínima que pareciera, lo que algunos les parecerá chocante. Pero sus ideas escritas, cómodamente se transforman en “sensorial reality”  texturas que se instalan en los objetos personales, en la casa, en la mirada, en la mano escribiente, en el subsuelo imaginánte, o bien el oasis de un pensamiento. Su estilo, tiene la movilidad del agua y perdura en la flexibilidad cromática de una luz que se arruga.


      Al leer a Virginia me doy cuenta de que no soy la única que padece esos arrebatos de belleza, a los que sonrío a través de la transparencia que en este momento tú lees bajo mi pretendida invisibilidad.


Beatriz Osornio Morales.

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