martes, 16 de junio de 2015

SOLILOQUIO


    
 Cuando hay audiencia el soliloquio cesa.
     Las voces en la oficina se cruzan desorganizadas, ignorando la mitad de  las otras voces (piip, piip, piiiiiip ¿Paso bien el fax?  -Con gusto le comunico –Podría encontrarme el archivo de fulanito? –El pago esta hecho –Con copia para el director por favor –En un momento le atiendo) y chocando a veces con la premura de una respuesta.
     A veces el mono diálogo de la telefonista permanece por sobre todas las voces, gobierna las masas de una audiencia invisible que mueve la rueda institucional a la que pertenece sucinta mente.
     El director hace rato que corre de un lado a otro, solicitado por asuntos embarazosos relacionados con el comportamiento de algunos estudiantes. Ha sido un día de esos en los que un percance desencadena otro.  Los adolescentes son válvulas de escape que contienen material hormonal explosivo.
     Durante la primera hora, Cooper, sí, el mismo Cooper de siempre fue enviado a la dirección por Ms. Call. Lo adivinaste, comportamiento inapropiado. La ventaja de estar en la oficina es que la información se maneja de fase en fase, mientras te enteras de una parte del asunto por un lado,  más información se presenta por otro y oyes el resto tras de las puertas,  el caso está claro. Cooper le manoseó  el trasero a  Reachel, la muchacha de apariencia oriental que me ayudó a encontrar el salón de clases en mis comienzos como substituta en la escuela, tiene una apariencia linda y delicada, piel blanca pero no traslúcida, pelo lacio y largo, naturalmente oscuro,  su personalidad es agradablemente amigable. Mrs. Call se dirigía a su clase, cuando observó lo ocurrido y lo reportó, de no haber sido por ella el hecho hubiese pasado inadvertido. Cuando interrogaron a Reachel su actitud no fue de negación ni de alarma, al contrario dicen que lo tomó con tranquilidad, lo que sacó a Mrs Lovel de sus casillas. –Dices que está bien, pero vamos a revisar el asunto, déjame decirte algo, y que te quede bien clarito –“No está bien aceptar eso”, dijo alzando considerablemente la voz y mirando a la chica fijamente con sus ojos azul celeste. -Es cierto que no es la primera vez que sucede, ni eres tú la única a la que le ha ocurrido, pero eso no quiere decir que esté bien aceptarlo. A tus padres no  les haría gracia enterarse de lo ocurrido.
     El director siendo hombre, normalmente deja las interrogaciones de las chicas en manos de Mrs. Cecere,  pero lleva tres semanas ausente por una cirugía en el cuello, por lo que delegó la tarea a Mrs. Lovel, una maestra de edad media avanzada y con voz suave, pero autoritativa. A Cooper lo recibió el director en su oficina  después de una hora, y por lo que veo, esta vez tampoco fue tan severo con él, un día en detención y en la escuela, nada que a Cooper  le duela demasiado, sobre todo, nada que le cueste al director la amistad con los padres del chico. Se oyen rumores de que son influyentes.
     Más tarde, entra en la oficina un estudiante visiblemente molesto, la cara roja y la mirada severa. Le pregunto si desea ver al director, a lo que responde positivamente meneando la cabeza, y sentándose sin esperar a que yo le indique que puede sentarse. “Nada como eso” pienso mientras marco la extensión. Recuerdo que no le he preguntado el nombre, así que me apresuro a hacerlo antes de que el director levante el receptor.
     Acabo de anunciar a Eric, el chico molesto,  cuando dos estudiantes más entran acompañados por la suplente de la maestra de Culturas Internacionales. Preguntan por Eric, les digo que se encuentra hablando con el director. Los dos estudiantes afirman que vienen a reportar que durante la clase uno de ellos fue empujado fuertemente por él,  tan duro que fue a dar fuera de la silla y contra los mostradores que hay en la parte posterior del salón. El otro estudiante dice ser testigo. Les indico que tomen asiento,  habrá que esperar a que el director termine de hablar con Eric para anunciarlos. La maestra se muestra conmocionada al relatar carrereada mente lo ocurrido,  y se va porque ha sonado ya la campana para la siguiente clase.
     Otra vez el soliloquio.
-Secundaria de Poquoson, buenos días ¿En qué puedo ayudarle? -Permita me, en seguida lo comunico –Caballeros, ¿Podrían bajar la voz por favor? – Lo siento -¿Con quién? –Ah, sí con gusto le comunico –Un momento por favor.  

     El teléfono se ha vuelto loco. Pero la telefonista acostumbrada a ello, mantiene la calma en la oficina, donde sin el teléfono reinaría un silencio sepulcral.


Beatriz Osornio Morales, imagen de la red.

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