sábado, 24 de septiembre de 2016

EL FANTASMA DE UNA GATA


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Si tienes curiosidad por saber que paso con la gata vieja  de la secretaria, yo también. Según la escuche hablar hace tiempo, era tan vieja y decrépita que con trabajos se podía mover, además se quedó ciega. En esas condiciones es casi imposible saber cuando un gato se enferma. Pero ella que la conoce de toda la vida (la de la gata) asegura que llevaba más de una semana enferma, sin comer, y sin poder subirse sola a la cama, el brinco le quedaba corto. Pronto, parecía ya solo  un montón de huesos envueltos en la piel, pesaba apenas un poco más de una libra, y poco menos de medio kilo, ¡imagínate!.

Era una gata ceniza con manchas blancas o viceversa, un lunar un poco más oscuro en la oreja izquierda, debe haber tenido los ojos azules, el pelambre largo para disimular los ijares hundidos y los huesos saltones. Jenny, la secretaria, no tuvo que describirla  para hacer de ella un fantasma de esta página. Y le puse nombre a su fantasma, le llamé Bora. El otro día la vi echadita junto a la barda. ¿Habrá sido enterrada?



Beatriz Osornio Morales

6 comentarios:

jfbmurcia dijo...

Espero que haya sido bien enterrada, los fantasmas de gato dan unos sustos de aupa!. Saludos.

Carlos Augusto Pereyra Martínez dijo...

Cuánto puede el amor por un animal, que se hace objeto de un cuento que humaniza. UN abrazo, desde esta esquina del trópico. Carlos

Rendan Laveriz dijo...

La vejez nos llega a todos, es triste pero una realidad. Un abrazo compañera.

**kadannek** dijo...

A veces siento mucha tristeza por animalitos en esas condiciones, sólo te queda saber qué sienten percibiendo la información que te transmite su propia energía. A veces creo que lidian con los años mejor que nosotros, pero a veces quisiera saber si ellos quisieran desahogar sus dolores con nosotros. Hay mucha dignidad en su morir, en su avanzar.

Disculpa la tardanza en venir, me iré actualizando poco a poco.
Por cierto, yo creo que sí la enterraron y con mucho respeto y amor.

Conchi dijo...

Espero que a Bora la enterrasen en algún lugar donde se sienta feliz. A mi hija se le murió un hanster, lo llevó a la montaña y lo enterró al lado de un manso río.

Abrazos.

José A. García dijo...

Los gatos no mueren fácilmente, ya reencarnará a la brevedad para seguir viviendo sus aventuras gatunas.

Nos leemos,

J.

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