domingo, 14 de mayo de 2017

Casual silla de psicologo




Sol estaba ocupada preparando su próxima clase de Español, pero ya que estaba allí, empecé a hablar, ella escuchaba, o eso pensé mientras rumiaban sus ojos de los papeles al monitor de la computadora. Las cosas empezaron a salir de no sé donde. Eran volcanes hirviendo, a punto de estallar sin darse cuenta, sin darme cuenta.

No hablo de mí a menudo. La falta de alguien cercano pero no tan cercano como tu pareja o tus hijos, hace que la presión emocional a veces vaya construyendo capas en los nervios sensibles, que normalmente no existen, hasta que los despierta la voz del yo, ese pobre diablo que suele sentir pena de sí mismo, y lo disimula alardéando, poniendose siempre en el lugar de la primera persona. Pero hay días que la casualidad hace que abras sin querer esa puerta secreta a las emociones. Casi nunca se abre a propósito, porque muchas veces ante los demás es preferible no sentir, mejor dicho, mostrarse emocional, sobre todo en este país con manía de positivísmo.

Supongo que si hay que culpar a alguien o algo, la indignación de la cafetería donde los estudiantes se portaron de lo peor a la hora del almuerzo es el punto negro. Al terminar de monitorear la media hora que me había tocado, algo me decía que quizá era mejor estar sola, pero habíamos quedado con Sol que pasaría a verla. Sentía que hablar era lo que menos necesitaba y al final, resultó que sí ¿lo necesitaba?

Al salir de allí sentía la cara caliente, y una extraña agitación por todo lo que dije en el transcurso de ¿20 minutos?, cosas que no había contado a nadie porque aun calan, como lo de Alex llamando al 911 por una rabieta. En la escuela les habían estado enseñando sobre los derechos civiles. Ese día le prohibimos usar el electrónico a manera de castigo, ni siquiera recuerdo porqué, nada grave supongo, al sentirse castigado, quitandole temporalmente su derecho a utilizar su propio electrónico cuando él quisiera, era la más grande injusticia del mundo. ¿Y las responsabilidades? Al parecer a la maestra de Ciencias Sociales se le pasó mencionar que con los derechos van las responsabilidades. En tercer año los niños no los relacionan. Un agente del 911 marcó de regreso para verificar lo que les había dicho Alex unos minutos antes. Mi marido le explicó que se trataba de una rabieta de chicos y allí quedó la vergüenza, que vista desde hoy es más bien un churro, comedia de la vida.

Aquí en la secundaria ocurre un tanto peor desde las elecciones. Sobre todo en el comedor, la única hora que los estudiantes tienen para socializar, están fuera de control. La secundaria es la edad de la groseria.

Sol no tenía que saber sobre mi marido y mis hijos, ella no tiene hijos, no tenía que enterarse sobre ningún problema cuando estaba ocupada. Además de mencionar que estaba preparando su siguiente clase y en las pasadas semanas habían estado aprendiendo sobre El Día de Los Muertos, no habló de sí misma. Eso es lo que llamo ser profesional. De vez en cuando se encuentra uno de manera inesperada una casual silla de psicólogo.


Beatriz Osornio Morales


6 comentarios:

Rafael dijo...

Bonito relato el que nos dejas.
Un abrazo.

Carlos Augusto Pereyra Martínez dijo...

DE lo contrario sería una catarsis dual o recíproca, y no se daria la terapia. Esa freudiana de desatar la lengua en el sillón, mientras el interlocutor sólo escucha y hace preguntas, sin poner de manifiesto su adentro. Un abrazo. carlos

taty dijo...

Me encanta tu definición del yo, creo que es muy acertada! Me identifico con tu relato, y me pregunto si del aguna manera el hecho de ser extranjeros resulta en cierto encierro en en nosotros mismos. Es posible que en el esfuerzo por integrarnos vamos muy lejos, nos hacemos un poco una sombra? Ah, un poco fuerte la idea pero quién dijo miedo?

Un abrazo, me voy reflexionando.

José A. García dijo...

Para evitarme esos diálogos unilaterales es que no tengo amigos... Y soy un ermitaño en mi propio hogar... Nadie me molesta y, lo más importante, no molesto a nadie.

Al menos así lo creo.

Saludos,

J.

Gizela dijo...

Siento que a muchas maestras, se le pasó eso de mencionar que con los derechos van las responsabilidades.jajaja
Muy buen relato! Me ha gustado mucho y sí..a veces encontramos, será por la suerte de la necesidad, una casual silla de psicólogo

Besotesssssssss

Conchi dijo...

Ha sido todo un placer pasar a leerte Beatriz. Es bueno que de vez en cuando encontremos esa silla casual "hablo por mi".

Besos.

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