lunes, 12 de diciembre de 2011

ATLAS




                                                   Aprendo a morir contigo, dentro de mí,

lejos del suelo que besaron nuestros pies,

flotando en el espacio de tu cuerpo

y tu beso me agota felizmente.



Al aire

la piel se va escaseando,

imperceptible,

interna,

medio vacía de sí misma.


                                                             Como un humo que sale

del “llano en llamas”

pareciera que te esfumas de mí,

pero eres fuerte, sobrevives

el peso de toda erosión, de toda escases.

Eres Atlas, poeta

 me sostienes en la caída.


 Al poeta que llevo dentro de mí y a veces, pierdo de vista.

 Beatriz Osornio Morales

martes, 6 de diciembre de 2011

EL DIA DE LAS SEMILLAS




Hoy debe haber sido el día de las semillas. Se compró pan, rosquillas, delgaditas, wafles, galletas, tortillas, y atoles.

Hace tiempo que en el pueblo, las grietas  de la casas se van sumergiendo en un abismo de tierra mojada,  nadie nunca lo había notado; pero el día más inesperado brotarán casas nuevas, desde una obscuridad sin forma, con marcos limpios, vidrios lustrosos donde se agacha el sol a tomar un descansito. Entonces los habitantes se sienten bienvenidos. Y ya en calma, se sentarán todos a compartir el pan.

Es sabido que mañana, la luna traerá más frutas, pero hoy es el día de las semillas.

La señora Esther, espera toda emperifollada y con maquillaje en exceso,  a que pase el chofer para llevarla al festival anual de las semillas.

Abajo, los roedores se han hecho familiares de la granja,  saben la hora del festín.


Beatriz Osornio Morales, imagen de la red.

martes, 29 de noviembre de 2011


Color de hormiga


A las muchas mujeres desaparecidas en Juárez

 
Ando que me lleva el diablo de la angustia. Clarisa no regreso anoche del baile. Me pregunto qué pudo haberle pasado. Por Dios que no entiendo dónde puede estar.

Alrededor de las siete de la mañana vinieron sus dos hermanitos a buscarla. Yo dormía y entre sueños oí voces, tranquilas al principio, luego, un nudo de silencio, cuando mamá dijo que había estado aquí en la tarde y después se había ido muy arreglada. A saber –dijo- no se me ocurrió preguntar a donde iba…

Los muchachos se fueron y al poco rato vino su mamá,   hecha un despojo, todavía en camisón y pantuflas, y  queriendo hablar conmigo.

-La nena todavía está durmiendo, pero si quieres voy a despertarla. Mientras, trata de calmarte mujer, ya verás que Clarisa por allí aparece sola.
-Es que si algo le pasa no me lo perdonaré. Yo tan tranquila pensando que andaba con Normita. Ella debe saber con quién anda mi niña.
 “Ella” pensé. Ahora ¿qué digo?  ¡Rayos! ¿Por qué siempre tengo que dar cuentas de niñera? Yo no tengo la culpa de que a Clarisa le gusten las mentiras y los riesgos, siempre anda diciendo que conmigo va a dios nos ampare dónde. A mí no me gustan los bailes de botudos. Después de levantarme  baje medio dormida a hablar con mi tía.

-La verdad no sé a dónde se fue tía. Yo como todos pensaba que al salir de aquí se iba de retache a su casa.
-¿Estás segura? tiene que haberte dicho algo, ¡Haz memoria hija!

Por más memoria que hice, cerrando momentáneamente los ojos -en parte para librarme de los rayos del sol que ya entraban por la ventana, y en parte para que mi tía pensara que realmente me esforzaba en recordar-  no pude recordar de qué modo decirle que se fue con Lupe y sus primas, las mismas amigas con las que tiene prohibido juntarse, por lo de cuando disque la drogaron en una fiesta,  y a la Clarisa  casi se la lleva pifas. Además, de nada serviría decir que el reventón había sido en el otro lado, con los mismos desconocidos que se fue hace dos semanas. Ni entonces pude sacarle la sopa sobre los fulanos.

-Pues no tía, no dijo nada.
- Pero dice tu mamá que salió muy arreglada. De la casa salió sin arreglarse y de pantalón.
- Se arregló aquí,  ya ve usted lo presumida que es,  siempre le gusta pintarse nomás por pintarse y sentirse linda. Del pantalón no sé, aquí llegó con vestido.
-Dios quiera que no le pase nada. ¿A dónde iré a buscarla? ¡Ay Dios mío!

En cuanto su mamá se fue convertida un saco de nervios, invocando a toda la corte celestial de los santos para que a su hija no le pasara nada malo,  yo hice camino para lo de Lupe. Allí fue cuando la cosa se puso de plano color de hormiga… Lupe y sus primas también están desaparecidas, y ahora sí, no sé cómo dar la cara por la mentirota que dije. Lo peor es que si no digo nada, se perderá tiempo en dar aviso a las autoridades.

Beatriz Osornio Morales

martes, 22 de noviembre de 2011

AUTORETRATO




                                       Con los ojos bien abiertos sé donde estoy.

Cuando mis ojos se cierran, no estoy, es otra la luz en la habitación.

                              Donde un cuerpo voluble y hosco, erguido en la almohada lee

 una mujer de contornos tenues, casi airosa camina.


Sé hacia donde voy tras la pared de los parpados,

lo que no sé es cómo regresar del abandono.


Mi cuerpo de trigo sigue inmóvil, semidesnudo

con las venas saltadas y las cabezas negras en los poros apenas visibles, un tic en la comisura de la boca,

reconozco el olor a sudor y la respiración espasmódica,

la rugosidad  que apareció en mi piel sin darme cuenta, semi cubierta por mechas de cabello renegrido y lacio.



Llevo dos semanas leyendo poesía  “árbol adentro”
 

¿Serán estas arrugas nuevas señales de tiempo?

 espigas son mis manos  y el tráfico, los sueños, cúpula de vientre llano, elevado,

la playera verde de dormir, las desnudas piernas y el suavizante en las sábanas, espigas.
 

De esa mujer que anda descalza en  aires dorados, a ratos grises   

y cruza puentes de palabras sobre un río sin balsa, sin leyenda,

sé muy poco a pesar de que la encuentro, cercana.
 

Siento ganas de preguntarle todo pero,

cuando nos tenemos frente a frente,

dice que se fue hace rato,

lo que veo es solo aliento.
 



Beatriz Osornio Morales –Hampton,VA. Marzo 2, 2011.


miércoles, 16 de noviembre de 2011

Lecturas sin cabecera


En un tiempo en que había estado considerando escribir cuentos felices, historias de amor verdadero, donde la relación de dos seres prevalece a tormentosas situaciones, me vi en la necesidad de reintentar algo  que había sido muy útil en el pasado: disfrutar de una lectura sencilla y ágil. A consecuencia de ello, me encontré con Pat Conroy como una buena opción, si consideramos la agilidad de su narrativa, pintoresca en ocasiones, pero rica en cultura general americana.

La parte de Roma en el libro de “Música de Playa” rompe la monotonía que a ratos se va amontonando en el extenso paisaje de Carolina de Sur. En parte por la extensión del libro que los hechos de la historia contada toman lugar en esos escenarios. Y en parte por la cantidad de situaciones domésticas en que se desarrollan los personajes principales, quienes han nacido y vivido allí o llegado  desde muy temprana edad.

El personaje principal es Jack, quien después del suicidio repentino de su esposa, y habiendo tomado la decisión de desarraigarse de su pasado y su familia (a quien culpa indirectamente por lo sucedido)  decide mudarse a Roma con su pequeña hija Lia, a quien mantiene fuera de toda influencia familiar. Por meses sobrevive, (sin ningún interés en iniciar nuevas relaciones, particularmente amorosas)  es víctima de   tormentosos recuerdos,  su hija como el único motivo que lo ancla a esta vida,  es a la vez el eslabón que poco a poco lo va conectando con interminables recolecciones de su pasado y su familia, por ambos lados, con quienes compartió toda su vida desde la infancia, y quienes pese a las obstrucciones de Jack,  no desisten en buscar un acercamiento con la pequeña Lia.

De esta parte (Roma) particularmente me llenó de alegría la narración del carnaval de máscaras en Viena. El estado de ánimo sombrío de Jack, después de lo ocurrido no es el más festivo, pero asiste al carnaval de las mascaras donde deambula por las calles, más como un fantasma observador que como alguien que forma parte de la fiesta. Nadie lo nota, ni él nota a nadie. Hasta que una hermosas mujer enmascarada lo toma por sorpresa en la oscuridad de una calle, y sin hablar lo conduce por pasadizos hasta un escondite secreto, allí, lo seduce sin quitarse la máscara, sin encender la luz. Después del acto furtivo y apasionado, ella se aleja sin explicaciones, sin dejar siquiera un rastro de voz. Inexplicablemente, el hombre se siente entusiasmado de haber podido trascender el dolor físico y emocional que deja la muerte del ser más querido. La escena no deja molestia de pensar que Jack no tendrá forma de averiguar nada a cerca de la mujer misteriosa, lo relevante es que el encuentro insólito lo hizo volver a sentir vivo, después de tantos meses anestesiados por la pena y el dolor.
Y escenas como esa hacen que el extenso libro pase realmente bien y se disfrute. Al final no logre escribir cuentos felices (hasta la fecha) pero el placer de la lectura nadie me lo quita. Leer por placer es tan necesario, como leer con disciplina ¿No creen?

Beatriz Osornio Morales






viernes, 4 de noviembre de 2011

IV

El derribo


Las cosas habrían salido a pedir de boca, excepto por un cabo suelto que no habían logrado terminar de cortar. Era culpa de Agar por no acatar órdenes, se dice. Siempre opta por hacer las cosas a su manera. Ya solo faltaba cortar las amarras del lado de Eva, cuando oyeron chillar las sirenas del bote patrulla, venían del lado del mar. Asustados por el resplandor de la luz azul, corrieron a esconderse en un pasillo oscuro y solitario, incluyendo Agar a quien le tocaba maniobrar esa amarra.


Temerosos de ser vistos,  fuera de casa,  se fueron alejando en silencio hasta otra calle desierta. Ya estaba amaneciendo y al no saber la respuesta que darían al líder, se quedaron a buscar una explicación que los justificara por no regresar a terminar el trabajo asignado, habían sido advertidos que si algo salía mal y no derribaban el puente por completo, ambos extremos, Adán y Eva, todos serían culpables, como sucede en trabajos de grupo. Tratando de solucionar el problema, fumaron, deambularon, discutieron contra Agar,  incluso vieron pasar a una mujer con bolsas de pan que los observó sospechosa, su primera reacción fue seguirla, más no sabiendo lo que vendría después, desistieron al verla doblar la esquina. Imposibilitados para solucionar el error cometido, decidieron darse a la fuga por los túneles. Pero el pensamiento de tener que pagar por el error de Agar, se los iba comiendo en silencio. Anduvieron un tiempo los cinco juntos, alcabo de un rato decidieron confrontar a Agar y poner en claro que las cosas no se quedarían a sí. Condenados a la discordia, el grupo de hombres se deshizo. Agar fue amenazado de muerte si no decidía él mismo cambiar de camino.


Abandonado, Agar desapareció por un túnel con escalinatas que bajaban, interminablemente,  el pobre hombre  no podía ver ni una pizca de luz, le sudaban las manos y  sintió que un liquido pesado se fue posando  en su frente hasta escurrirle en la cara. Y así, como tragado por las entrañas de la tierra, Agar  se abandonó también al olvido  de las  ciudades. 

Beatriz Osornio Morales. imagen de la red.
Esto es de la serie de cuentos "Las Ciudades de Adán y Eva"
Tengan todos un bonito fin de semana!

viernes, 28 de octubre de 2011

Convaleciente

Este octubre no es como otros otoños
en que habría sido poeta del aire,
de esos que escriben poesía de la nada
de las moscas azules, hijas de la lluvia
larvas de una muerte solitaria, esas
que sobreabundan la ciudades de concreto
con su luz enloquecida.
En otros otoños habría descrito
rascacielos como montañas rusas
en las copas de los árboles.
Habría construido la máquina del amor
con voz propia, o con la voz del viento
que chilla en los cables de electricidad.
Mas este octubre está convaleciente,
lo he rescatado de entre lunas rotas
en los campanarios de san marcos, al pobre,
y de ese aroma a crema en manos de mujer;
harto estaba de los días acumulados
en la cuenta de madrugadas frías,
que pasan la noche en las aceras
leyendo el periódico entre bromas y cigarrillos,
sin ayer y sin mañana.
Habría hecho poesía, lo sé
pero me falta sentido del humor
para hablar de sus nostalgias, tiene
las manos frías y entre las mías tiembla.

Beatriz Osornio Morales

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