martes, 22 de agosto de 2017

Soy lo que Soy



Mi nombre es Beatriz, mamà  escogiò ese nombre primero y despuès yo.
Para el mundo soy mexicana, para el mexicano mestiza, muy blanca para algunos y muy morena para otros. Nacì y crecì en Michoacàn,  asì que en cuanto a identidad cultural dirìa que soy michoacana.

Soy lo que soy; soy la que no  se queda quieta porque entiende que la vida con su inmenso pèndulo, puede golpear otra vez en cualquier momento. Me ha dejado tambaleando algunas veces pero aunque no soy valiente,  soy resiliente y empiezo a levantarme antes de caer. Soy lo que he logrado de mi, soy lo que otros han hecho de mi persona, soy lo que sè que està llì pero aun no encuentro, y busco còmo nombrarlo. El cuerpo es pequeño en comparaciòn con el alma,  èsta es honda y ancha, y alta, y tiene demasiada  luz por donde se asoman unas sombras que son narcisistas y llenan el espejo con oscura grandeza. Es cosa de no desistir, sacarles la lengua y sonreìr.


Tengo los ojos cafès, casi àmbar o caramelo quemadito,  son grandes e irregulares, son complìces de los sueños, si uno duerme el otro vigila, entra mucha luz por sus pupilas dilatadas.
Soy mujer, y me gusta ser, pero de gustos hablaremos otro dìa.

De chica decìan que era una chispa brincadora y yo me la creìa, sentìa que podìa hacer feliz a la gente con solo sonreìr, aun en la adolescencia, habìa un encanto en ser desenvuelta a pesar de la timidez. Moverme me ha mantenido en forma, pero estoy perdiendo poco a poco el encanto de la desenvoltura.

En la adolescencia me sentìa fea. Cuando un chico me tiraba los cannes como dicen, yo ni cuenta me daba, si lo notaba hacìa como que no, terminàban desilusionados por mi intelecto en el cual los enrollaba sin querer, miràndolos fijamente a los ojos, o en clase sacando mejores calificaciones que ellos, debìa ser insufrible. Jugaba al futbol, basket ball, al teatro, a todo y con todos, pero soñaba con los libros no escritos.

Como no tenìa suficientes libros a la mano, exploraba cada rincòn de la vida real a  mi alcance, y hacìa mil preguntas sobre lo que hay al otro lado del agua, màs allà de las montañas, incluso encontrè uno que otro tùnel en el sol de una mañana.

Era bastante ingenua, de los descubrimientos sobre los hombres y las mujeres muchos no me gustaron como las platiquitas triviales de algunas chicas, la ligereza de lengua con que hablan los hombres entre ellos, con groserìas cada dos palabras, lo encuentro poco imaginativo, desilusiona la animalidad fìsica, la mediocridad (mediocridad en ser y hacer), la suciedad. Me costò crecer. Pensar y soñar,  con eso me cobijaba y ellos empezaron a tratarme como rival o contendiente de un concurso. Tal vez por eso no me gustan las competencias ni responder a convocatorias. Se me hacìa tarde, todavìa se me hace, para irme de pata de perro.

Afortunadamente di con los libros, muchos; y di con  otras partes de mi que desconocìa, di con las palabras para nombrar esas partes, pero aun quedan espacios innombrables que laten dentro de mi.

Soy mi estatura corta y el pelo escamoteado que ahora pinto de cualquier color,  solo porque las canas en mi se ven sucias y feas, miento, siempre me gustò pintarme el pelo. A veces soy el placer de mi cuerpo, otras lo sufro cuando se enferma y no sè que hacer con èl.

Soy la mamà de mis dos hijos y la compañera de mi compañero. Soy la que escribe, la que se detiene frente a los discapacitados con reverencia,  sin saber si es correcto escribir sobre ellos.

Mi juventud es otra historia, menos brillante pero màs intensa. Quizà algùn dìa escriba sobre eso, un dìa que la timidez me abandone o se descuide por unas horas.

Beatriz Osornio Morales

martes, 25 de julio de 2017

Ese instante no duele


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duele el tiempo en el reloj;
un cuerpo violentado,
o pensar cuando es imposible pensar:
querer sacarte el corazón
para ponerlo en la mochila de tu hijo.

A veces la primavera nos visita
en invierno,
se pone faldas y mangas cortas
para tocar al sol en su brevedad eterna,
y duele.

La mañana fría
condensa los vidrios, la noche intensa se decolora
a la luz del día que raya en las gotas.

Pero ese instante no duele
está a salvo en tu pecho,
¿escuchas? ¿canta o golpea?

Te acuerdas de un ángel
para tratar de zafar al instante,
debe haber caído de algún cielo azul
tan perfecto, y
en un beso quedó entregado,
y en ti reside a toda hora.

Ese instante no duele
duele lo otro, el reloj, la luz directa,
el hielo en el parabrisas,
ver partir a los hijos, y recordar,
a veces duele olvidar.


B.O.M. imagen de la red.

viernes, 21 de julio de 2017

Los Libros y Escribir


A veces quisiera haber escrito algo, alguna nota de recordatorio, cita impresionante de cada libro que he leído a lo largo de mi vida,  o de menos una impresión general. Pero...pero, quizá no hay diario suficiente, con hojas suficientes, con freno suficiente para pausar la lectura, o frenar el tren de  los pensamientos, y mucho menos detener la vida que reclama ser vivida  cada segundo, cada respiro, para escribir. Ni qué decir de la creatividad literaria que también apuesta a los vapores, al hervor de la vida para existir.

De pronto pensaba en esos puntos elementales para un escritor, y sopese la posibilidad de que quizá haya que equilibrar el tiempo entre vivir, leer y escribir hasta sangrar los dedos. Escribir es dejarse fluir, dejar escurrir ese fluir con voces y matices propios, esas bases podrían engendrar un texto original sin demasiada influencia y con solo la extrañeza suficiente para mover mundos alternos a la realidad.

Recuerdo haber leído La Botella Azul de Ray Bradbury una mañana en el trabajo de suplente en la biblioteca de la preparatoria, obvio, la lectura tuvo que llevarse a cabo en los momentos libres en que no había estudiantes que requerían asistencia alguna. De esa lectura apresurada rescaté dos notas escritas más tarde a la luz de la memoria:

"Toda mi vida, pensó Beck, he hecho nada, y nada dentro de la nada"

Naturalmente no sé porqué esas líneas en particular me parecieron relevantes en su momento, pero no puedo dejar de admirar su mensaje oculto como un vínculo entre el libro y yo.

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"Caminaron juntos en la ciudad en ruinas (....) -Espera! dijo Beck. Acopó las manos en su boca y dio un fuerte grito: -¿Estas allí?- ....Allí, respondió el eco, y cayeron torres, fuentes y pilares de piedras se doblaron en sí mismas. Así era en estas ciudades. A veces, torres tan hermosas como una sinfonía caerían ante una palabras hablada. Era como ver una cantata de Bach desintegrarse ante tus ojos"

¿Cómo ignorar líneas de semejante belleza?  lástima que no he podido leer completo el libro, otros asuntos, libros, acontecimientos se han atravesando entre La Botella Azul y yo.

Luego este pensamiento; El hombre que admira el cielo, en verdad ¿Siente humildad o busca un espejo? se derrumba en la respiración. La música continúa hasta pasadas las once.

¿Les había comentado que he abierto un espacio alterno en la virtualidad para publicar cosas precisamente relacionadas con libros, música y temas sociales? está abierto en wordpress, al cual están todos cordialmente invitados, justo estoy por subir algo sobre el libro de Dioses Americanos de Nail Gaiman, así que si les sobra un ratito, dense una vuelta y ya estando allí compartan la página, o tomen nota del enlace para que me visiten cuando quieran. Sobra decir que pueden comentar inmisericordemente. Se han armado buenas discusiones en algunas entradas.

El enlace aquí: https://osorniobeatriz.wordpress.com/

Si por angas o mangas no funciona el enlace, en la barra lateral está "Para emerger un día" de allí pueden saltar.

Nos leemos.

Beatriz Osornio Morales, imagen de la red.

jueves, 29 de junio de 2017

Una Canción Bajo la Lluvia




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Más tarde llovió.
La lluvia era una canción bajo la lluvia, los niños andaban en bicicleta con los ojos cerrados. Ellos aprenden del movimiento con el mismo deleite de la música que nos hace cerrar los ojos, o mirar al cielo, más allá de las nubes.

El pavimento brilla oscuro bajo los postes. Las piernas de los niños se columpian de mis ojos. Están mojados por la canción de la lluvia -Ya métanse- les grito desde la baranda, pero solo se distinguen los pedaleos en su locura de nube hirviendo, suben y bajan a corta frecuencia, taz, taz, taz, taz, no, más corta: taztaztaztaztaztaztaz, se parten las gotas indefinidas a esta hora.

Algo queda de mi en esa rapida canción, quedita canción de la lluvia y los cuerpos mojados bajo la luz de los postes.

Ellos afirman que ya estan adentro, ellos y la puerta que se cierra al entrar. Entonces...¿Quién anda bajo la lluvia? tus pasos, tus suspiros, responde el eco.

Entrada la noche y los pensamientos la realidad desmiente. ¡Ah!, un calambre en las piernas lo corrobora, no te has movido del sofá en toda la tarde.

B.O.M abril 3, 2017 Massanuten, Va. imagen de la red.

miércoles, 14 de junio de 2017

NEBULA


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Un cuerpo comienza

en esa nube de fluidos,

se encuentra y

desprende de la nébula universal

los confines del cuerpo, se gesta

donde algo muere, parte agua

y parte humo informe,

con los ojos cerrados en la cavidad materna,

confiados al calor

al moldear

provisor de vida,

ajustandose perfectamente a la cadera celestial,

como un abrazo  la rodea

y otro cielo desciende a su piel.

La mano invisible del amor

ese fuego,

da forma al nuevo latido de barro

que un día será su cuerpo.




Beatriz Osornio Morales, imagen de la red.

miércoles, 24 de mayo de 2017

La Mancha era un intento de Consolación




Solté la mano que me sostenía, tuve que perderle el miedo a los adverbios de cantidad, y empecé a dar pasos como un niño que aprende a caminar por primera vez, sin contar las palabras.

Caminé, un paso a la vez, pie tras pie. Es mejor no mirar hacia atrás, pensé. Y seguí andando hacia el mar. A lo lejos se fundían el océano y el cielo en un mismo tono de vapor azul. Pero antes, noté que de donde me nacían los acanatilados en los ojos, el pasto se confundía con moho. Solamente por que sé que son acantilados los distingo. Para el que mira desde éste ángulo, los acantilados son una línea, un corte que acaba de pronto en orilla. En este momento el verde y el azul son las únicas texturas reconocibles. Sigo.

El viento peina mi frente con el frío particular de noviembre. Mi marido espera sentado en la roca donde me propuso matrimonio hace treinta años. De pronto siento la tentación de voltear. Continúa escribiendo, grita él desde la roca, en el fondo piensa “Si no para nos iremos al abismo” Ella sigue, centrada en la fonética de las palabras indiferentes al destino de los amantes.

Hoy en día, de todo aquello solo queda la mancha del acantilado colgado a la pared, donde el mar azota sus olas y salpica la leyenda del amante que se lanzó al mar tras de su amada. Tarde comprendió que la mancha era un intento de consolación.


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Beatriz Osornio Morales, imagen de la red.

domingo, 14 de mayo de 2017

Casual silla de psicologo




Sol estaba ocupada preparando su próxima clase de Español, pero ya que estaba allí, empecé a hablar, ella escuchaba, o eso pensé mientras rumiaban sus ojos de los papeles al monitor de la computadora. Las cosas empezaron a salir de no sé donde. Eran volcanes hirviendo, a punto de estallar sin darse cuenta, sin darme cuenta.

No hablo de mí a menudo. La falta de alguien cercano pero no tan cercano como tu pareja o tus hijos, hace que la presión emocional a veces vaya construyendo capas en los nervios sensibles, que normalmente no existen, hasta que los despierta la voz del yo, ese pobre diablo que suele sentir pena de sí mismo, y lo disimula alardéando, poniendose siempre en el lugar de la primera persona. Pero hay días que la casualidad hace que abras sin querer esa puerta secreta a las emociones. Casi nunca se abre a propósito, porque muchas veces ante los demás es preferible no sentir, mejor dicho, mostrarse emocional, sobre todo en este país con manía de positivísmo.

Supongo que si hay que culpar a alguien o algo, la indignación de la cafetería donde los estudiantes se portaron de lo peor a la hora del almuerzo es el punto negro. Al terminar de monitorear la media hora que me había tocado, algo me decía que quizá era mejor estar sola, pero habíamos quedado con Sol que pasaría a verla. Sentía que hablar era lo que menos necesitaba y al final, resultó que sí ¿lo necesitaba?

Al salir de allí sentía la cara caliente, y una extraña agitación por todo lo que dije en el transcurso de ¿20 minutos?, cosas que no había contado a nadie porque aun calan, como lo de Alex llamando al 911 por una rabieta. En la escuela les habían estado enseñando sobre los derechos civiles. Ese día le prohibimos usar el electrónico a manera de castigo, ni siquiera recuerdo porqué, nada grave supongo, al sentirse castigado, quitandole temporalmente su derecho a utilizar su propio electrónico cuando él quisiera, era la más grande injusticia del mundo. ¿Y las responsabilidades? Al parecer a la maestra de Ciencias Sociales se le pasó mencionar que con los derechos van las responsabilidades. En tercer año los niños no los relacionan. Un agente del 911 marcó de regreso para verificar lo que les había dicho Alex unos minutos antes. Mi marido le explicó que se trataba de una rabieta de chicos y allí quedó la vergüenza, que vista desde hoy es más bien un churro, comedia de la vida.

Aquí en la secundaria ocurre un tanto peor desde las elecciones. Sobre todo en el comedor, la única hora que los estudiantes tienen para socializar, están fuera de control. La secundaria es la edad de la groseria.

Sol no tenía que saber sobre mi marido y mis hijos, ella no tiene hijos, no tenía que enterarse sobre ningún problema cuando estaba ocupada. Además de mencionar que estaba preparando su siguiente clase y en las pasadas semanas habían estado aprendiendo sobre El Día de Los Muertos, no habló de sí misma. Eso es lo que llamo ser profesional. De vez en cuando se encuentra uno de manera inesperada una casual silla de psicólogo.


Beatriz Osornio Morales


miércoles, 26 de abril de 2017

EL PLANETA DEL SILENCIO


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El silencio no es un vaso azul
donde se bebe la lluvia,
es una entidad gris
cubierta de violetas bajo las nubes;
La voz un sueño bastardo.

Mientras Dios sueña la vida,
al silencio no se saben quien lo sueña...
quizá sea el sueño del sonido
la seda que viste su cuerpo.

Mi voz cabe en el silencio
pero no cabe en las palabras,
sabe de dónde viene
mas no sabe quien la engendra

por eso necesito escribir y callar,

y dejar que las palabras sueñen...
o vuelen.

Extraño planeta,
la casa de campaña
pronto se llena de polvo rojo,

y hormigas que son recuerdos.


Beatriz Osornio Morales, imagen de la red.

miércoles, 12 de abril de 2017

RATONCITOS CIEGOS

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Tres ratoncitos ciegos merodeaban por la celda de la hermana Sofía. Cada vez que la hermana tomaba su misal y se ponía a rezar vísperas, salían las colas largas de una rejilla en la pared. A juzgar por las apariencias, la única función de la rejilla es circular la ventilación, si no es para eso, es una rejilla inútil, casa de ratónes y otros mundos paralelos a la imaginación de la hermana Sofía, que siempre tuvo una vívida imaginación.

La hermana continúa rezando pero con el rabo del ojo, vigila cómo los ratoncitos salen uno a uno, con la sutilidad del que anda de puntillas para no hacer ruido, se siguen el uno al otro tanteando el ambiente con los bigótes. Son casi identicos en el tamaño y el color café descolorido, pero uno de los ratones tiene rota la oreja izquierda  “la derecha” se corrige la hermana Sofía, quien fue llamada por la Madre Superiora para ser amonestada por no bajar a ayudar en la preparación del merienda.

“Me quedé pasmada. Siempre me pasma la mirada de los condenados” se justifica la monja restregandose las manos con nerviosismo en el hábito negro.

- ¿Cuándo comenzó ese lío de los ratones?
- A las pocas semanas de mi traslado
  • Y ¿Antes, nunca antes, en el otro convento, nunca?
  • No, Madre...No se encuentran ratones ciegos a cada rato, ratones sí, primero en el dispensario, luego se les colocarón trampas en cada rincón, y las criaturas optaron por trasladar lo que quedaba de la manada al hueco bajo las escaleras, en poco tiempo se recuperaron en número. Por las noches se paseaban por el comedor, en la cocina, y en los botes de la basura; así subsistían. No eran gordos, pero tampoco eran ciegos.
  • ¿Cómo sabe hermana que son ciegos?
  • Los ojillos briosos tienen una velo opaco...como los pescados muertos- Describe la hermana Sofía con tono de agitación

La Madre Superiora suspira incrédula y a la vez convencida de que seguir con el cuento de los ratones, no llevará a ninguna parte.

-¡Válgame Dios!-se persigna la Madre Superiora. Hace cinco meses de su traslado, ya no debe ser novedad la habitación, así que tampoco puede seguir siendo excusa para faltar a sus labores, recuerde sus votos de obediencia.

La madre Sofía sale algo desalentada de la oficina, se dirige a su celda directamente. Al entrar a la habitación se deja inundar un instante por la luz del atardecer que entra por la pequeña ventana alta, allí se filtra la realidad del encierro con la realidad externa, una realidad inalcanzable para la hermana Sofía. Pero para las partículas de plvo que flotan ingrávidas en la luz no es imposible ser parte de otros mundos. La monja abre el cajón del buró de donde saca su misal. Entrega su voluntad a las palabras que lee, al instante escucha el rumor que proviene de la rejilla oculta en la penumbra, tras de la luz. En seguida empieza el desfile de ratoncitos. La madre escucha sin moverse y observa por encima del misal.
De pronto, el ratoncito de la oreja rota, que parece guiar al resto, se detiene con los ojos puestos en la hermana Sofía, esta coloca el misal en la cama, se levanta y sigue a los ratoncitos ciegos sin darse cuenta de sus pasos. Esa noche, los ratones desaparecieron junto con la hermana Sofía, de quien no se ha sabido nada a pesar de la ardua busqueda que el convento ordenó al siguiente día.


Beatriz Osornio Morales. Imagen de la red.

Nota: Este cuento lo debí haber publicado en el sol de los ciegos, pero dado que ya lo subí, aquí lo dejo, espero les guste.

martes, 28 de marzo de 2017

Hide and Seek



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          Llegué al parque sin observar conscientemente una sola sensación física. Era casi el final del verano. Al cruzar el puente vi la luz de un radiante amanecer en el oriente,  y escuché el ruido de los carros abajo, frenando ante el semáforo,  pensé en un enjambre de insectos sobre la carroña. Percibí el olor a humo de los escapes mezclado con el aire húmedo por el rocío. Y otra vez el ruido del tráfico,  la corriente de un viento fuerte entre las ramas que  hojea desinteresadamente un libro. Me di cuenta de esas cosas,  pero la percepción de los sentidos no se considera como una  sensación física, o ¿si?.

          Del otro lado de los pensamientos, a la sombra espesa del bosque que he llamado por puro gusto “El Bosque de las Libélulas”  mis pasos siguen constantes en su ritmo, hoy no vi ninguna libélula. Y llegue al parque, y me senté en una mecedora que colocaron justo en mi lugar favorito; frente al lago verde azul con franjas de violeta, ese espacio abierto desde donde se ve cómo las cosas alrededor, vacían su forma en el agua ¿para conocerse un poco?  el viento forma ligeras olas  en la superficie de los árboles líquidos, las nubes....la mecedora parece moverse al compás de las micro olas. Es un día tranquilo y...de pronto me doy cuenta de que mi cerebro sabe sin que yo sepa, sabe cómo funciona o hace funcionar el cuerpo; los músculos, cada hueso, los nervios, los ojos, la lengua, la mano, las palabras y, lo sabe mejor que yo, yo no sé como funciona cada uno de ellos.
          

Entonces me entran unas ganas locas de conocer lo que soy. Me viene a la mente una frase que he visto repetidas veces “El conocimiento más difícil de adquirir, es el conocimiento de sí mismos” es cierto, hablamos del propio cerebro como si habláramos de alguien más. Para conocerse a uno mismo, habría que conocer al cerebro, pero éste, es un desalmado al que le gustan los secretos, tiene curiosidad sobre muchas cosas, y está siempre en busca de algo, pero solo él sabe lo que busca, quizá lo sepa. El caso es que desde entonces, me ha dado por espiar a mi cerebro en un interminable juego de  las escondidas, la cosa es ¿Me busca él también a mi?


Beatriz Osornio Morales, imagen de la red: El Genio de Figueras

viernes, 10 de marzo de 2017

ALGUIEN PIENSA EN TI


  • Luego no digas que no pienso en ti.
  • ¿Porqué?

Mauro levanta triunfante la rejilla entera de costillas de cerdo, envueltas en plastico transparente replegado, por donde se aprecia la clara forma de cada costilla bañada en una sustancia rojiza, como enchilado.

-oh, ¡hay que prender el horno! Increpa Elba emocionada como pocas veces.
  • Sugiero que lo dejemos para otra ocasión, cuando realmente todos queramos comer eso.
  • ¿Cuándo? ¿De qué sabor estan sazonadas? Pregunta Elba sin esperar a que Mauro responda la primera pregunta. Hoy no tiene ganas de argumentar.
Mauro lee la leyenda del paquete.

  • Dice que estilo San Luis, con whisky, pimienta y especias estilo San Luis.

En su mente, Elda ya ha decidido cambiar la receta. Le agregará una salsa de barbiquiu y miel.

  • Ve si encuentras lugar en el congelador, toman mucho espacio, por eso decía...
  • Apenas caben, justo el espacio necesario, pero si decides comprar las pizzas...
  • ya, no cabe ni un alfiler más.
Elda sale de la cocina y se sienta en el sofá a esperar sin saber qué. Los niños le ofrecen una menta cubierta de chocolate.

Y también en su mente -Menos mal que alguien piensa en mí- se dice con sarcasmo, saboreando la menta que se metió entera a la boca, la palpa con la lengua sin que la menta sea más que menta y continua eludiendo la espera, concentrandose en la idea de que si en verdad Mauro hubiése comprado las costillas pensando en ella, no habría sugerido congelarlas, en lugar de encender el horno, o habría dado por hecho que ella decidiése qué hacer con todo aquello. Quizá es que él había pensado en otra Elda, la de otro momento que concordaba con las ganas de Mauro, y los demás.

  • Vaya forma de pensar en uno.

Pero como hoy no tiene ganas de argumentar, Elda permite que su silencio concuerde con el mundo. Ben y Dani juegan a corretearse por toda la casa, lo cual atrae cualquier argumentación y silencio a disciparse en el juego de la tarde, donde Elda alcanza a los niños en una explosión de risas.




Beatriz Osornio Morales

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