miércoles, 24 de mayo de 2017

La Mancha era un intento de Consolación




Solté la mano que me sostenía, tuve que perderle el miedo a los adverbios de cantidad, y empecé a dar pasos como un niño que aprende a caminar por primera vez, sin contar las palabras.

Caminé, un paso a la vez, pie tras pie. Es mejor no mirar hacia atrás, pensé. Y seguí andando hacia el mar. A lo lejos se fundían el océano y el cielo en un mismo tono de vapor azul. Pero antes, noté que de donde me nacían los acanatilados en los ojos, el pasto se confundía con moho. Solamente por que sé que son acantilados los distingo. Para el que mira desde éste ángulo, los acantilados son una línea, un corte que acaba de pronto en orilla. En este momento el verde y el azul son las únicas texturas reconocibles. Sigo.

El viento peina mi frente con el frío particular de noviembre. Mi marido espera sentado en la roca donde me propuso matrimonio hace treinta años. De pronto siento la tentación de voltear. Continúa escribiendo, grita él desde la roca, en el fondo piensa “Si no para nos iremos al abismo” Ella sigue, centrada en la fonética de las palabras indiferentes al destino de los amantes.

Hoy en día, de todo aquello solo queda la mancha del acantilado colgado a la pared, donde el mar azota sus olas y salpica la leyenda del amante que se lanzó al mar tras de su amada. Tarde comprendió que la mancha era un intento de consolación.


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Beatriz Osornio Morales, imagen de la red.

domingo, 14 de mayo de 2017

Casual silla de psicologo




Sol estaba ocupada preparando su próxima clase de Español, pero ya que estaba allí, empecé a hablar, ella escuchaba, o eso pensé mientras rumiaban sus ojos de los papeles al monitor de la computadora. Las cosas empezaron a salir de no sé donde. Eran volcanes hirviendo, a punto de estallar sin darse cuenta, sin darme cuenta.

No hablo de mí a menudo. La falta de alguien cercano pero no tan cercano como tu pareja o tus hijos, hace que la presión emocional a veces vaya construyendo capas en los nervios sensibles, que normalmente no existen, hasta que los despierta la voz del yo, ese pobre diablo que suele sentir pena de sí mismo, y lo disimula alardéando, poniendose siempre en el lugar de la primera persona. Pero hay días que la casualidad hace que abras sin querer esa puerta secreta a las emociones. Casi nunca se abre a propósito, porque muchas veces ante los demás es preferible no sentir, mejor dicho, mostrarse emocional, sobre todo en este país con manía de positivísmo.

Supongo que si hay que culpar a alguien o algo, la indignación de la cafetería donde los estudiantes se portaron de lo peor a la hora del almuerzo es el punto negro. Al terminar de monitorear la media hora que me había tocado, algo me decía que quizá era mejor estar sola, pero habíamos quedado con Sol que pasaría a verla. Sentía que hablar era lo que menos necesitaba y al final, resultó que sí ¿lo necesitaba?

Al salir de allí sentía la cara caliente, y una extraña agitación por todo lo que dije en el transcurso de ¿20 minutos?, cosas que no había contado a nadie porque aun calan, como lo de Alex llamando al 911 por una rabieta. En la escuela les habían estado enseñando sobre los derechos civiles. Ese día le prohibimos usar el electrónico a manera de castigo, ni siquiera recuerdo porqué, nada grave supongo, al sentirse castigado, quitandole temporalmente su derecho a utilizar su propio electrónico cuando él quisiera, era la más grande injusticia del mundo. ¿Y las responsabilidades? Al parecer a la maestra de Ciencias Sociales se le pasó mencionar que con los derechos van las responsabilidades. En tercer año los niños no los relacionan. Un agente del 911 marcó de regreso para verificar lo que les había dicho Alex unos minutos antes. Mi marido le explicó que se trataba de una rabieta de chicos y allí quedó la vergüenza, que vista desde hoy es más bien un churro, comedia de la vida.

Aquí en la secundaria ocurre un tanto peor desde las elecciones. Sobre todo en el comedor, la única hora que los estudiantes tienen para socializar, están fuera de control. La secundaria es la edad de la groseria.

Sol no tenía que saber sobre mi marido y mis hijos, ella no tiene hijos, no tenía que enterarse sobre ningún problema cuando estaba ocupada. Además de mencionar que estaba preparando su siguiente clase y en las pasadas semanas habían estado aprendiendo sobre El Día de Los Muertos, no habló de sí misma. Eso es lo que llamo ser profesional. De vez en cuando se encuentra uno de manera inesperada una casual silla de psicólogo.


Beatriz Osornio Morales


miércoles, 26 de abril de 2017

EL PLANETA DEL SILENCIO


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El silencio no es un vaso azul
donde se bebe la lluvia,
es una entidad gris
cubierta de violetas bajo las nubes;
La voz un sueño bastardo.

Mientras Dios sueña la vida,
al silencio no se saben quien lo sueña...
quizá sea el sueño del sonido
la seda que viste su cuerpo.

Mi voz cabe en el silencio
pero no cabe en las palabras,
sabe de dónde viene
mas no sabe quien la engendra

por eso necesito escribir y callar,

y dejar que las palabras sueñen...
o vuelen.

Extraño planeta,
la casa de campaña
pronto se llena de polvo rojo,

y hormigas que son recuerdos.


Beatriz Osornio Morales, imagen de la red.

miércoles, 12 de abril de 2017

RATONCITOS CIEGOS

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Tres ratoncitos ciegos merodeaban por la celda de la hermana Sofía. Cada vez que la hermana tomaba su misal y se ponía a rezar vísperas, salían las colas largas de una rejilla en la pared. A juzgar por las apariencias, la única función de la rejilla es circular la ventilación, si no es para eso, es una rejilla inútil, casa de ratónes y otros mundos paralelos a la imaginación de la hermana Sofía, que siempre tuvo una vívida imaginación.

La hermana continúa rezando pero con el rabo del ojo, vigila cómo los ratoncitos salen uno a uno, con la sutilidad del que anda de puntillas para no hacer ruido, se siguen el uno al otro tanteando el ambiente con los bigótes. Son casi identicos en el tamaño y el color café descolorido, pero uno de los ratones tiene rota la oreja izquierda  “la derecha” se corrige la hermana Sofía, quien fue llamada por la Madre Superiora para ser amonestada por no bajar a ayudar en la preparación del merienda.

“Me quedé pasmada. Siempre me pasma la mirada de los condenados” se justifica la monja restregandose las manos con nerviosismo en el hábito negro.

- ¿Cuándo comenzó ese lío de los ratones?
- A las pocas semanas de mi traslado
  • Y ¿Antes, nunca antes, en el otro convento, nunca?
  • No, Madre...No se encuentran ratones ciegos a cada rato, ratones sí, primero en el dispensario, luego se les colocarón trampas en cada rincón, y las criaturas optaron por trasladar lo que quedaba de la manada al hueco bajo las escaleras, en poco tiempo se recuperaron en número. Por las noches se paseaban por el comedor, en la cocina, y en los botes de la basura; así subsistían. No eran gordos, pero tampoco eran ciegos.
  • ¿Cómo sabe hermana que son ciegos?
  • Los ojillos briosos tienen una velo opaco...como los pescados muertos- Describe la hermana Sofía con tono de agitación

La Madre Superiora suspira incrédula y a la vez convencida de que seguir con el cuento de los ratones, no llevará a ninguna parte.

-¡Válgame Dios!-se persigna la Madre Superiora. Hace cinco meses de su traslado, ya no debe ser novedad la habitación, así que tampoco puede seguir siendo excusa para faltar a sus labores, recuerde sus votos de obediencia.

La madre Sofía sale algo desalentada de la oficina, se dirige a su celda directamente. Al entrar a la habitación se deja inundar un instante por la luz del atardecer que entra por la pequeña ventana alta, allí se filtra la realidad del encierro con la realidad externa, una realidad inalcanzable para la hermana Sofía. Pero para las partículas de plvo que flotan ingrávidas en la luz no es imposible ser parte de otros mundos. La monja abre el cajón del buró de donde saca su misal. Entrega su voluntad a las palabras que lee, al instante escucha el rumor que proviene de la rejilla oculta en la penumbra, tras de la luz. En seguida empieza el desfile de ratoncitos. La madre escucha sin moverse y observa por encima del misal.
De pronto, el ratoncito de la oreja rota, que parece guiar al resto, se detiene con los ojos puestos en la hermana Sofía, esta coloca el misal en la cama, se levanta y sigue a los ratoncitos ciegos sin darse cuenta de sus pasos. Esa noche, los ratones desaparecieron junto con la hermana Sofía, de quien no se ha sabido nada a pesar de la ardua busqueda que el convento ordenó al siguiente día.


Beatriz Osornio Morales. Imagen de la red.

Nota: Este cuento lo debí haber publicado en el sol de los ciegos, pero dado que ya lo subí, aquí lo dejo, espero les guste.

martes, 28 de marzo de 2017

Hide and Seek



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          Llegué al parque sin observar conscientemente una sola sensación física. Era casi el final del verano. Al cruzar el puente vi la luz de un radiante amanecer en el oriente,  y escuché el ruido de los carros abajo, frenando ante el semáforo,  pensé en un enjambre de insectos sobre la carroña. Percibí el olor a humo de los escapes mezclado con el aire húmedo por el rocío. Y otra vez el ruido del tráfico,  la corriente de un viento fuerte entre las ramas que  hojea desinteresadamente un libro. Me di cuenta de esas cosas,  pero la percepción de los sentidos no se considera como una  sensación física, o ¿si?.

          Del otro lado de los pensamientos, a la sombra espesa del bosque que he llamado por puro gusto “El Bosque de las Libélulas”  mis pasos siguen constantes en su ritmo, hoy no vi ninguna libélula. Y llegue al parque, y me senté en una mecedora que colocaron justo en mi lugar favorito; frente al lago verde azul con franjas de violeta, ese espacio abierto desde donde se ve cómo las cosas alrededor, vacían su forma en el agua ¿para conocerse un poco?  el viento forma ligeras olas  en la superficie de los árboles líquidos, las nubes....la mecedora parece moverse al compás de las micro olas. Es un día tranquilo y...de pronto me doy cuenta de que mi cerebro sabe sin que yo sepa, sabe cómo funciona o hace funcionar el cuerpo; los músculos, cada hueso, los nervios, los ojos, la lengua, la mano, las palabras y, lo sabe mejor que yo, yo no sé como funciona cada uno de ellos.
          

Entonces me entran unas ganas locas de conocer lo que soy. Me viene a la mente una frase que he visto repetidas veces “El conocimiento más difícil de adquirir, es el conocimiento de sí mismos” es cierto, hablamos del propio cerebro como si habláramos de alguien más. Para conocerse a uno mismo, habría que conocer al cerebro, pero éste, es un desalmado al que le gustan los secretos, tiene curiosidad sobre muchas cosas, y está siempre en busca de algo, pero solo él sabe lo que busca, quizá lo sepa. El caso es que desde entonces, me ha dado por espiar a mi cerebro en un interminable juego de  las escondidas, la cosa es ¿Me busca él también a mi?


Beatriz Osornio Morales, imagen de la red: El Genio de Figueras

viernes, 10 de marzo de 2017

ALGUIEN PIENSA EN TI


  • Luego no digas que no pienso en ti.
  • ¿Porqué?

Mauro levanta triunfante la rejilla entera de costillas de cerdo, envueltas en plastico transparente replegado, por donde se aprecia la clara forma de cada costilla bañada en una sustancia rojiza, como enchilado.

-oh, ¡hay que prender el horno! Increpa Elba emocionada como pocas veces.
  • Sugiero que lo dejemos para otra ocasión, cuando realmente todos queramos comer eso.
  • ¿Cuándo? ¿De qué sabor estan sazonadas? Pregunta Elba sin esperar a que Mauro responda la primera pregunta. Hoy no tiene ganas de argumentar.
Mauro lee la leyenda del paquete.

  • Dice que estilo San Luis, con whisky, pimienta y especias estilo San Luis.

En su mente, Elda ya ha decidido cambiar la receta. Le agregará una salsa de barbiquiu y miel.

  • Ve si encuentras lugar en el congelador, toman mucho espacio, por eso decía...
  • Apenas caben, justo el espacio necesario, pero si decides comprar las pizzas...
  • ya, no cabe ni un alfiler más.
Elda sale de la cocina y se sienta en el sofá a esperar sin saber qué. Los niños le ofrecen una menta cubierta de chocolate.

Y también en su mente -Menos mal que alguien piensa en mí- se dice con sarcasmo, saboreando la menta que se metió entera a la boca, la palpa con la lengua sin que la menta sea más que menta y continua eludiendo la espera, concentrandose en la idea de que si en verdad Mauro hubiése comprado las costillas pensando en ella, no habría sugerido congelarlas, en lugar de encender el horno, o habría dado por hecho que ella decidiése qué hacer con todo aquello. Quizá es que él había pensado en otra Elda, la de otro momento que concordaba con las ganas de Mauro, y los demás.

  • Vaya forma de pensar en uno.

Pero como hoy no tiene ganas de argumentar, Elda permite que su silencio concuerde con el mundo. Ben y Dani juegan a corretearse por toda la casa, lo cual atrae cualquier argumentación y silencio a disciparse en el juego de la tarde, donde Elda alcanza a los niños en una explosión de risas.




Beatriz Osornio Morales

jueves, 2 de marzo de 2017

Había que pensar la niebla

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Sentir la niebla como un felino
que se mueve sigiloso en la ezquina de la casa,
gato montéz al asecho,
la tristeza de hace tiempo
aparece de estar escondida en los simientes,
para elevarse de pronto, ingrávida
hasta la pequeña esperanza, la sola esperanza
de decirte lo que esperabas,
y morir.

Gélida niebla
Su espina de humo, extasiada
se curva en el aliento de los transeúntes,
invierte la ciudad en un fantasma,
y a ti....
en una lágrima callada.



Beatriz Osornio Morales, imagen de la red.

viernes, 17 de febrero de 2017

Mujeres en el pasillo



Algo indeseable debe haber ocurrido. Mrs. Keener, una de las maestras de kínder  corre  por el pasillo con cara de pánico, la acompaña  su asistente, Ms Lawson.  No sé de donde  vienen pero van en dirección al salón.

 Pasan junto a mi tan a prisa que al encontrarlas no tengo tiempo de preguntar qué pasa,  ni  puedo estar segura de que me vieron siquiera.

Me quedo perpleja, la mandíbula al pecho, mirando cómo se alejan por el pasillo,   más adelante se encuentran a Ms. West, otra asistente de maestros, tampoco se detienen y pronto también aquel encuentro es  pasado, sin embargo a ella le instruye Ms. Lawson de paso sobre qué hacer con los alumnos de Mrs.Keener. –Que alguien vigile a sus niños, tengo que llevarla a su casa- grita  –Estan en el laboratorio de computación- ¿Qué paso?- inquiere Ms.West –Tengo que llevarla a su casa- repite Ms. Lawson sin detenerse. Siguen corriendo, ella sosteniendo a Mrs. Keener por el brazo derecho, y Mrs. Keener con la mirada fija en un lugar distante,  frente a algo inevitable. Ya se han perdido en la esquina.


Espero a Ms.West para ofrecer mi ayuda y de paso ver si es posible enterarse de algo, pero ella también actúa como si yo no estuviese allí. Qué raro. ¿Habré muerto sin darme cuenta? pienso inmóvil, mientras las mujeres desaparecen del pasillo como un aroma de otro tiempo.

Beatriz Osornio Morales.

sábado, 4 de febrero de 2017

METONIMIA Y SINECDOQUE




La mano pequeña 
sostiene una pluma,
el contenido de la mano
insiste en ablandar un mármol,
con ojillos desiguales
alegría triste
en la boca.

La sombra del mármol
en su dureza de pómulos fríos,
muestra vulnerabilidad
de vidas transcurridas,
más no vacías.

Hay esperanza para la pluma.


Beatriz Osornio Morales.


Como comprenderán me ha estado inquietando el tema de los muros, publiqué un pequeño razonar en aquella ventanita que espera tu vista:Pongo el enlace a continuación pero si no funciona, en la barra lateral esta abierta esta misma ventana con el título PARA EMERGER UN DIA. Gracias.



https://osorniobeatriz.wordpress.com/2017/01/29/despues-de-tantos-muros/

viernes, 27 de enero de 2017

QUEMA EL SILENCIO


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Hay vacíos que te pueden llenar,
así como hay plenitud que te vacía
al instante... el recuerdo.

Para regresar vacíos a la línea de fuego
donde el silencio quema,
servir una sinfonía de espuma
fragante, ángel mío,  mitigar la sed.
A la ciudad del tedio
entregamos una vez más,
la sed de la carne.

Todo está sin memoria
esta noche,
puedo escuchar los latidos
del corazón en la piel,
sopesar el ruido del refrigerador,
el recuerdo ausente, la secadora en el día,
la podadora del vecino a tres casas,
un tick tack sin reloj;
música, después,
el arpa en el árbol
de la noche.

El sonido es justo...
yo subo contigo
al columpio de la sangre,
cuando me besas
en silencio.

Hay vacíos que te pueden llenar,
como plenitud que te vacía...
el adiós, los adioses al instante.





Beatriz Osornio Morales, imagen de la red.



lunes, 16 de enero de 2017

Órbitas


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Mi diario precisa  letras pequeñas, contenidas en las líneas rojas del cielo raso y el horizonte terrenal. Un sol incandescente irradia de algún punto invisible, esa luz rojiza delinea la hoja blanca de mi diario, marcando  ardientes espacios en ansias de ser poblados.

Las naves viajan en  trayectoria horizontal, pensando que es una ascensión su vuelo, y que tras ellas, su ala oscura ensombrece la hoja.

Así viajan los astronautas, con la esperanza de que sus signos trazados, sean la señal de regreso a la tierra.
Estas letras extraviadas en el infinito espacio de la línea, desearían caminar al comienzo de su travesía, como se instalan las palabras maceradas en la frase,  con la esperanza de retornar al principio. ¿Quién sabe si habrá otros seres orbitando el cosmos, buscando el arribo a su tierra prometida?

Quizá no seamos las únicas entidades solitarias en busca de otros, quizá no sean estas palabras, astronautas desertados de su órbita. Las palomas regresan.


B.O.M. imagen de la red.

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